SOMOS
Cristianos.
Sólo eso.
Llamados por el Maestro a seguirle.
Desde distintas comunidades cristianas.
Son Iglesias hermanas.
Separadas por lo accesorio.
Y unidas en el centro, como radios de rueda confluyentes.
Unidas en Jesús, el Cristo.
Con la voluntad y la necesidad de encontrarnos en El.
Porque creemos que la gloria del Padre es que sus hijos estén unidos.
Sabemos que sólo El tiene el poder de juntarnos olvidando lo que nos separa.
En Taizé ha sido posible. Aquí, ¿por qué no?
Quienes se apunten a este camino,
quienes queráis regar esta semilla
...pasad y sentaos.
lunes, 26 de mayo de 2014
¿Francisco tratando de redefinir el papado?
Firma de una histórica declaración de unidad por católicos y ortodoxos
(...) "Tengamos el coraje de entender la Iglesia como un diálogo con todos los hermanos en Cristo, para encontrar una forma de ejercicio del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva, y pueda hacer, en el contexto actual, un servicio de amor y comunión reconocido por todos". (...)
sábado, 26 de abril de 2014
¡¡Ha resucitado!!
Jesús ha resucitado y vive entre nosotros. Ojalá empecemos a vivir como resucitados y ayudemos a resucitar a otros.
Y como la próxima oración va de resurrección os dejo con un artículo de un teólogo sobre un tema que ha hecho mucho daño a la fe de los cristianos.
Hasta el 30 M, a las 8.15. Puntuales forfi.
NUESTRA MUERTE Y LA DE JESÚS
JOSÉ Mª RIVAS CONDE
En el sentido propio de la palabra, «La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida».
Esta aseveración, que transcribo literalmente del Catecismo de la I.C. (nº 1007), explica el hecho de no escapar de la muerte ningún hombre, por más libre de pecado que se halle. De ello rueda, sin necesidad de empujarlo, que el morir no tiene de por sí ante Dios condición de castigo, y que no fluye de su propia entraña gozar de carácter punitivo, ni expiatorio, ni reparador del pecado. La muerte natural en sí misma, sólo es el final normal de toda vida terrenal.
Tanto es así que parece lo más razonable pensar que el mismo Jesús habría muerto, aunque su muerte violenta no hubiera tenido la finalidad sacrificial y expiatoria que afirman varios pasajes de la Escritura. Él, al encarnarse, se metió en la dinámica de cambio y temporalidad, propia de toda vida corporal y terrena. Dinámica de crecimiento, envejecimiento y muerte. Y su realidad de hombre se hizo patente en el compartir con nosotros todas nuestras debilidades o limitaciones (Heb 4,15), incluida la de la muerte, de la que no fue librado hasta después de pasar por ella (Heb 5,7-9).
El no tener la muerte natural carácter sancionador del pecado, es lo único que por lo demás encaja con la afirmada finalidad bíblica de la muerte cruenta de Jesús. La plenitud exhaustiva de tal sacrificio redentor, presentado en el Nuevo T. como el definitivo y el único de veras fecundo, excluye la necesidad de nuevas y adicionales expiaciones (Heb 7,26-27; 10,14). Éstas, por lo además, no pasarían en nuestro caso, dada nuestra bajeza esencial respecto de Dios (Lc 17,7-10), de ofrendas hueras e ineficaces en sí mismas. Tan hueras e ineficaces como la muerte expiatoria de animales (Heb 10,5-6). Aún las que no anduvieren encima embadurnadas de inmundicia.
La necesidad de la inútil hecatombe sacrificial de la humanidad entera ―a lo mejor trillones de trillones de hombres― no se puede aceptar en razón de haber quedado “cortita” la Redención que se afirma obrada precisamente por el Unigénito de Dios. Tampoco a causa de una necedad imposible en quien creemos Sensatez infinita. No es nuestro Dios como ídolo feroz, insaciable de sangre humana para expiación baladí y huera de las ofensas recibidas.
Esa es la idea, por demás cicatera, mezquina y sádica, que de Él dan sin advertirlo los que siguen la vía dolorosa de la autoinmolación reparadora y de la penitencia por los pecados propios o los ajenos. Esa misma idea es la que con toda buena fe inculcan cuantos proponen a los mismos como ejemplos a imitar. Y es la única que puede justificar y dar sentido ―desde su erróneo punto de vista― a los preceptos penitenciales, mortificantes y sacrificiales. Ésos que se nos urgen eclesialmente, y que precisamente los más fervientes se destacan en acatar, pese a que ninguno de nosotros los debería aceptar (Col 2,20-23).
Aún más: desde la fe en Dios Amor (1Jn 4,16) ni siquiera se ve la lógica de la muerte cruenta de Jesús, como sacrificio único de expiación o de redención. Nuestro Dios no tiene corazón de mercader, sino sólo de Padre colosal y por antonomasia. ¿Qué necesidad de cobro de nuestras deudas podrá tener Él, cuando está dispuesto a condonárnoslas gratuitamente con sólo pedírselo, aunque se trate de “millonadas”, como la de los diez mil talentos (Mt 18,32)?
¿Y cómo encajar el “cobro” en quien sabemos que incluso está pendiente de nuestro regreso, para salir corriendo Él mismo a nuestro encuentro al vernos llegar a lo lejos? ¿O es que lo está para mandar a sus criados a que nos den, antes de conducirnos a su presencia, una buena tunda en penitencia y pago por nuestro mal proceder? ¡Sería lo propio del dios legalista, justiciero y sádico que nos hemos inventado! Tan propio de “ese dios”, como negación blasfema del verdadero, cuyas entrañas de amor le fuerzan a salir corriendo a nuestro encuentro, para echársenos al cuello, cubrirnos a besos y ordenar a sus criados: “Vestidle con el mejor traje, ponedle sortija en su mano y calzarlo. Traed el novillo cebado y sacrificarlo. Comamos y hagamos fiesta, por este hijo mío que he recuperado” (Lc 15,20-24).
¿Que eso es así porque Jesús pagó nuestro rescate? ¿Rescate de quién? No podemos decir que de “las garras del diablo”, como si con él tuviéramos la deuda. Tampoco que el maligno pueda albergar en ningún caso derecho alguno frente a Dios. Menos aun, cuando toda su hazaña se queda en “robar, saquear y destruir” lo que sólo pertenece al Creador.
¿O será que nuestro Padre no nos amó hasta que Jesús y gracias a que Jesús sufrió por nosotros la pasión y la muerte? ¿Pero no fue el propio Padre quien por amor al mundo le entregó a su Unigénito (Jn 3,16)? ¿O lo entregó acaso para hacerlo “moneda” de nuestro perdón? ¡Inadmisible del todo!
Imposible que el Dios, que según nuestra fe se desborda eternamente en amor infinito sobre su propio Hijo Unigénito, se ensañe con Él ―¡como si pudiera hacerlo con alguien!― en vez de con nosotros. Imposible que le subordine a nuestra salvación. Nosotros sólo somos sus imágenes creadas. Jesús es la engendrada y consustancial a Él mismo. De tener que elegir, sólo un dios monstruoso nos preferiría a su propio unigénito.
En realidad, El Padre no le envió al mundo a pagar nada. Lo mandó a ser el buen pastor que, marchando en cabeza (Jn 10,4) nos guiara con su andar y su verdad (Jn 18,37). A fin de que nosotros no quedáramos en tinieblas (12,46); sino que tuviéramos vida y que ésta fuera abundante (10,10). Jesús buscó de veras nuestro bien y «discurrió por todas partes» haciéndolo (Hch 10,38). Hasta exponer consumadamente su propia vida (Jn. 10,11), por hacer frente a los lobos y por defendernos de los ladrones y salteadores, cuyo oficio es «robar y matar y destruir» (v. l0). Este amor suyo a nosotros es réplica, muestra y traslado del que nos tiene desde siempre el Padre que le envió (Jn 12,45).
Puede que hoy Jesús no hubiera expresado su misión con la figura rural del buen pastor; sino con la del líder. Un líder que lucha y convoca a luchar con él, en pro de la libertad de los hombres de toda esclavitud y sojuzgamiento; en pro de su esperanza más radicalmente alborozante. Que lo hace marcando con su palabra y su conducta un camino y un estilo peculiar de oposición a lo opresor y para la ineludible confrontación con los opresores. Un líder que no se hace excepción entre los que de veras se implican en la liberación de los que viven oprimidos por los poderes constituidos o dominantes de facto. Sino que asume el final, más común, de muerte violenta de los que se involucran seriamente en la superación de opresiones y abusos, aunque sólo sean sectoriales. Recuérdense, por ejemplo en nuestros días, a Gandhi y Lúther King. No pagaron nada con su muerte. No vivieron para saldar los pecados de los indios, ni los de los hombres de raza negra. Pero su lucha les costó la vida. En su área de acción respectiva fueron como pastor que da su vida por el rebaño.
Y como la próxima oración va de resurrección os dejo con un artículo de un teólogo sobre un tema que ha hecho mucho daño a la fe de los cristianos.
Hasta el 30 M, a las 8.15. Puntuales forfi.
NUESTRA MUERTE Y LA DE JESÚS
JOSÉ Mª RIVAS CONDE
En el sentido propio de la palabra, «La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida».
Esta aseveración, que transcribo literalmente del Catecismo de la I.C. (nº 1007), explica el hecho de no escapar de la muerte ningún hombre, por más libre de pecado que se halle. De ello rueda, sin necesidad de empujarlo, que el morir no tiene de por sí ante Dios condición de castigo, y que no fluye de su propia entraña gozar de carácter punitivo, ni expiatorio, ni reparador del pecado. La muerte natural en sí misma, sólo es el final normal de toda vida terrenal.
Tanto es así que parece lo más razonable pensar que el mismo Jesús habría muerto, aunque su muerte violenta no hubiera tenido la finalidad sacrificial y expiatoria que afirman varios pasajes de la Escritura. Él, al encarnarse, se metió en la dinámica de cambio y temporalidad, propia de toda vida corporal y terrena. Dinámica de crecimiento, envejecimiento y muerte. Y su realidad de hombre se hizo patente en el compartir con nosotros todas nuestras debilidades o limitaciones (Heb 4,15), incluida la de la muerte, de la que no fue librado hasta después de pasar por ella (Heb 5,7-9).
El no tener la muerte natural carácter sancionador del pecado, es lo único que por lo demás encaja con la afirmada finalidad bíblica de la muerte cruenta de Jesús. La plenitud exhaustiva de tal sacrificio redentor, presentado en el Nuevo T. como el definitivo y el único de veras fecundo, excluye la necesidad de nuevas y adicionales expiaciones (Heb 7,26-27; 10,14). Éstas, por lo además, no pasarían en nuestro caso, dada nuestra bajeza esencial respecto de Dios (Lc 17,7-10), de ofrendas hueras e ineficaces en sí mismas. Tan hueras e ineficaces como la muerte expiatoria de animales (Heb 10,5-6). Aún las que no anduvieren encima embadurnadas de inmundicia.
La necesidad de la inútil hecatombe sacrificial de la humanidad entera ―a lo mejor trillones de trillones de hombres― no se puede aceptar en razón de haber quedado “cortita” la Redención que se afirma obrada precisamente por el Unigénito de Dios. Tampoco a causa de una necedad imposible en quien creemos Sensatez infinita. No es nuestro Dios como ídolo feroz, insaciable de sangre humana para expiación baladí y huera de las ofensas recibidas.
Esa es la idea, por demás cicatera, mezquina y sádica, que de Él dan sin advertirlo los que siguen la vía dolorosa de la autoinmolación reparadora y de la penitencia por los pecados propios o los ajenos. Esa misma idea es la que con toda buena fe inculcan cuantos proponen a los mismos como ejemplos a imitar. Y es la única que puede justificar y dar sentido ―desde su erróneo punto de vista― a los preceptos penitenciales, mortificantes y sacrificiales. Ésos que se nos urgen eclesialmente, y que precisamente los más fervientes se destacan en acatar, pese a que ninguno de nosotros los debería aceptar (Col 2,20-23).
Aún más: desde la fe en Dios Amor (1Jn 4,16) ni siquiera se ve la lógica de la muerte cruenta de Jesús, como sacrificio único de expiación o de redención. Nuestro Dios no tiene corazón de mercader, sino sólo de Padre colosal y por antonomasia. ¿Qué necesidad de cobro de nuestras deudas podrá tener Él, cuando está dispuesto a condonárnoslas gratuitamente con sólo pedírselo, aunque se trate de “millonadas”, como la de los diez mil talentos (Mt 18,32)?
¿Y cómo encajar el “cobro” en quien sabemos que incluso está pendiente de nuestro regreso, para salir corriendo Él mismo a nuestro encuentro al vernos llegar a lo lejos? ¿O es que lo está para mandar a sus criados a que nos den, antes de conducirnos a su presencia, una buena tunda en penitencia y pago por nuestro mal proceder? ¡Sería lo propio del dios legalista, justiciero y sádico que nos hemos inventado! Tan propio de “ese dios”, como negación blasfema del verdadero, cuyas entrañas de amor le fuerzan a salir corriendo a nuestro encuentro, para echársenos al cuello, cubrirnos a besos y ordenar a sus criados: “Vestidle con el mejor traje, ponedle sortija en su mano y calzarlo. Traed el novillo cebado y sacrificarlo. Comamos y hagamos fiesta, por este hijo mío que he recuperado” (Lc 15,20-24).
¿Que eso es así porque Jesús pagó nuestro rescate? ¿Rescate de quién? No podemos decir que de “las garras del diablo”, como si con él tuviéramos la deuda. Tampoco que el maligno pueda albergar en ningún caso derecho alguno frente a Dios. Menos aun, cuando toda su hazaña se queda en “robar, saquear y destruir” lo que sólo pertenece al Creador.
¿O será que nuestro Padre no nos amó hasta que Jesús y gracias a que Jesús sufrió por nosotros la pasión y la muerte? ¿Pero no fue el propio Padre quien por amor al mundo le entregó a su Unigénito (Jn 3,16)? ¿O lo entregó acaso para hacerlo “moneda” de nuestro perdón? ¡Inadmisible del todo!
Imposible que el Dios, que según nuestra fe se desborda eternamente en amor infinito sobre su propio Hijo Unigénito, se ensañe con Él ―¡como si pudiera hacerlo con alguien!― en vez de con nosotros. Imposible que le subordine a nuestra salvación. Nosotros sólo somos sus imágenes creadas. Jesús es la engendrada y consustancial a Él mismo. De tener que elegir, sólo un dios monstruoso nos preferiría a su propio unigénito.
En realidad, El Padre no le envió al mundo a pagar nada. Lo mandó a ser el buen pastor que, marchando en cabeza (Jn 10,4) nos guiara con su andar y su verdad (Jn 18,37). A fin de que nosotros no quedáramos en tinieblas (12,46); sino que tuviéramos vida y que ésta fuera abundante (10,10). Jesús buscó de veras nuestro bien y «discurrió por todas partes» haciéndolo (Hch 10,38). Hasta exponer consumadamente su propia vida (Jn. 10,11), por hacer frente a los lobos y por defendernos de los ladrones y salteadores, cuyo oficio es «robar y matar y destruir» (v. l0). Este amor suyo a nosotros es réplica, muestra y traslado del que nos tiene desde siempre el Padre que le envió (Jn 12,45).
Puede que hoy Jesús no hubiera expresado su misión con la figura rural del buen pastor; sino con la del líder. Un líder que lucha y convoca a luchar con él, en pro de la libertad de los hombres de toda esclavitud y sojuzgamiento; en pro de su esperanza más radicalmente alborozante. Que lo hace marcando con su palabra y su conducta un camino y un estilo peculiar de oposición a lo opresor y para la ineludible confrontación con los opresores. Un líder que no se hace excepción entre los que de veras se implican en la liberación de los que viven oprimidos por los poderes constituidos o dominantes de facto. Sino que asume el final, más común, de muerte violenta de los que se involucran seriamente en la superación de opresiones y abusos, aunque sólo sean sectoriales. Recuérdense, por ejemplo en nuestros días, a Gandhi y Lúther King. No pagaron nada con su muerte. No vivieron para saldar los pecados de los indios, ni los de los hombres de raza negra. Pero su lucha les costó la vida. En su área de acción respectiva fueron como pastor que da su vida por el rebaño.
¡Lastima que “múltiples tradiciones seculares” hayan amortiguado y casi ensordecido en la mayoría la convocatoria de Jesús! ¡Lástima que para muchos haya quedado reducida su misión, simplemente a la de un fundador de religión!
Una religión montada sí, sobre dogmas verdaderos; pero que no todos son palabra escuchada desde el principio (1Jn 1,1-4). Una religión encauzada con leyes, ritos y prácticas, que más de una vez carecen de subsistencia permanente; sino que son cambiantes, perecederos y corruptibles como la flor del heno (1Pe 1,22-25).
Una religión que con tales urgencias termina cayendo fácilmente como las otras en fundamentalismo subyugante, hasta incurrir en excesos opuestos al espíritu de Jesús. Como los cometidos antaño por la Inquisición de las “piras”, y como los perpetrados en todos los tiempos por la inquisición incruenta de desgarradoras angustias de conciencia, y de trabas incluso a la subsistencia social y económica del hombre.
Jesús no vino a condenar a nadie en este mundo, sino a salvar ya aquí. El fuego que Santiago y Juan le propusieron hacer bajar del cielo, no fue el de la condenación eterna; sino el de un rayo que en ese instante y ese momento barriera del mapa ―literalmente “consumiera”― a los samaritanos que no le habían acogido (Lc 9,54-55). ¡Y este es el fuego ajeno al espíritu y al actuar de Jesús.
Una religión montada sí, sobre dogmas verdaderos; pero que no todos son palabra escuchada desde el principio (1Jn 1,1-4). Una religión encauzada con leyes, ritos y prácticas, que más de una vez carecen de subsistencia permanente; sino que son cambiantes, perecederos y corruptibles como la flor del heno (1Pe 1,22-25).
Una religión que con tales urgencias termina cayendo fácilmente como las otras en fundamentalismo subyugante, hasta incurrir en excesos opuestos al espíritu de Jesús. Como los cometidos antaño por la Inquisición de las “piras”, y como los perpetrados en todos los tiempos por la inquisición incruenta de desgarradoras angustias de conciencia, y de trabas incluso a la subsistencia social y económica del hombre.
Jesús no vino a condenar a nadie en este mundo, sino a salvar ya aquí. El fuego que Santiago y Juan le propusieron hacer bajar del cielo, no fue el de la condenación eterna; sino el de un rayo que en ese instante y ese momento barriera del mapa ―literalmente “consumiera”― a los samaritanos que no le habían acogido (Lc 9,54-55). ¡Y este es el fuego ajeno al espíritu y al actuar de Jesús.
sábado, 19 de abril de 2014
El silencio de Dios
Todos se han ido.
No queda nadie que acompañe al crucificado en la noche y en el dolor.
¡Qué solos se quedan los crucificados!
Tampoco parece estar Dios en la escena.
¿DÓNDE ESTÁS DIOS?
Hasta su Hijo por un momento siente su ausencia en la Cruz.
¡Qué duro se nos hace el silencio de Dios cuando el sufrimiento nos atenaza!
Parece que se nos mueven las tablas bajo nuestros pies.
Pero ¿es que Dios no tiene derecho a guardar silencio?
¿Es que no puede guardar duelo por la muerte de su Hijo y por todos los crucificados?
Dios Padre sufre la muerte de Jesús y su silencio es expresión de dicho sufrimiento.
También a nosotros para las realidades y las experiencias más hondas sólo nos queda el silencio.
Nos gustaría un Dios todopoderoso y omnipotente.
Un Dios que nos librase de nuestras cruces, y que de paso mandase unas avispas para picar a los sinvergüenzas.
Pero su fuerza se manifiesta en su debilidad, que se expresa en el pesebre y en la cruz.
Y ante esa cruz, en este Sábado Santo, a nosotros también nos queda contemplar en silencio.
Un silencio de comunión con la Pasión de Jesús.
Un silencio de comunión con mi sufrimiento compartido por Él.
Un silencio de comunión con los expulsados del sistema, los excluidos de nuestra mesa, los abandonados en los márgenes del camino.
Hagamos silencio de confianza entregada al Dios crucificado.
No queda nadie que acompañe al crucificado en la noche y en el dolor.
¡Qué solos se quedan los crucificados!
Tampoco parece estar Dios en la escena.
¿DÓNDE ESTÁS DIOS?
Hasta su Hijo por un momento siente su ausencia en la Cruz.
¡Qué duro se nos hace el silencio de Dios cuando el sufrimiento nos atenaza!
Parece que se nos mueven las tablas bajo nuestros pies.
Pero ¿es que Dios no tiene derecho a guardar silencio?
¿Es que no puede guardar duelo por la muerte de su Hijo y por todos los crucificados?
Dios Padre sufre la muerte de Jesús y su silencio es expresión de dicho sufrimiento.
También a nosotros para las realidades y las experiencias más hondas sólo nos queda el silencio.
Nos gustaría un Dios todopoderoso y omnipotente.
Un Dios que nos librase de nuestras cruces, y que de paso mandase unas avispas para picar a los sinvergüenzas.
Pero su fuerza se manifiesta en su debilidad, que se expresa en el pesebre y en la cruz.
Y ante esa cruz, en este Sábado Santo, a nosotros también nos queda contemplar en silencio.
Un silencio de comunión con la Pasión de Jesús.
Un silencio de comunión con mi sufrimiento compartido por Él.
Un silencio de comunión con los expulsados del sistema, los excluidos de nuestra mesa, los abandonados en los márgenes del camino.
Hagamos silencio de confianza entregada al Dios crucificado.
lunes, 31 de marzo de 2014
Sal fuera
Marzo.
Qué ganas de sol tenemos.
Y también de abrazos.
Y especialmente el de Aita Dios.
Es por eso que buscamos espacios donde encontrar abrazos gratis. Uno de ellos creo que es el nuestro. Abrazos del Padre en el silencio, en los cantos, en la palabra, en los hermanos,...
Este viernes hemos tenido visitantes de una parrroquia de Barakaldo y unos cuantos pertenecientes al grupo Scout. Algunos ya habían ido a Taizé y otros iban a ir esta semana santa. Qué envidia!!!!
El evangelio que centró la oración era el de la resucitación de Lázaro. Hay dos cosas que me llaman la atención de esta palabra. La primera es el escepticismo de Marta que le dice: "Señor, ya huele, es el cuarto día!". La pregunta es: ¿espero milagros en mi vida o en la vida de otros? ¿o soy escéptico en lo que Jesús puede hacer a estas alturas en mi vida? ¿Hemos perdido la esperanza en el cambio que Jesús puede hacer en nuestras muertes?
La segunda palabra que resuena es: "Lázaro, sal fuera". Rubén, Ainhoa, Gorka, Mertxe, José....sal de tu sepulcro. Sal de lo que sea que te limite la vida, que te enquiste, que te aleje del Reino.
Sal ya!
Jesús te da la mano para auparte, para sacarte, para ayudarte a salir de tu oscuridad. Conocemos a Jesús. Sabemos que él escucha el sufrimiento y se acerca al ciego, a la hemorroísa, la mujer encorvada, a la suegra de Pedro...Y la historia de todos ellos puede ser nuestra historia.
Recuerdo ahora la historia del hijo pródigo. Cuando vuelve hacia la casa del Padre éste, viéndole venir, no espera a que llegue sino que corre a su encuentro. Dios recorre el camino que nos falta para llegar a él. Porque a veces no llegamos, algo nos impide llegar hasta su casa. Buscamos su abrazo, lo necesitamos, pero a veces nos hemos ido tantas veces de su casa que también nosotros somos escépticos en conseguir su abrazo.
Sin embargo, para salir de nuestros sepulcros Jesús nos da la mano, nos limpia los ojos, nos levanta de la camilla, nos devuelve la luz y la vida y nos lleva al amor del Padre.
Jesús, devuélvenos la vida...
Y su voz resuena una y otra vez: Sal fuera! Sal fuera!
Qué ganas de sol tenemos.
Y también de abrazos.
Y especialmente el de Aita Dios.
Es por eso que buscamos espacios donde encontrar abrazos gratis. Uno de ellos creo que es el nuestro. Abrazos del Padre en el silencio, en los cantos, en la palabra, en los hermanos,...
Este viernes hemos tenido visitantes de una parrroquia de Barakaldo y unos cuantos pertenecientes al grupo Scout. Algunos ya habían ido a Taizé y otros iban a ir esta semana santa. Qué envidia!!!!
El evangelio que centró la oración era el de la resucitación de Lázaro. Hay dos cosas que me llaman la atención de esta palabra. La primera es el escepticismo de Marta que le dice: "Señor, ya huele, es el cuarto día!". La pregunta es: ¿espero milagros en mi vida o en la vida de otros? ¿o soy escéptico en lo que Jesús puede hacer a estas alturas en mi vida? ¿Hemos perdido la esperanza en el cambio que Jesús puede hacer en nuestras muertes?
La segunda palabra que resuena es: "Lázaro, sal fuera". Rubén, Ainhoa, Gorka, Mertxe, José....sal de tu sepulcro. Sal de lo que sea que te limite la vida, que te enquiste, que te aleje del Reino.
Sal ya!
Jesús te da la mano para auparte, para sacarte, para ayudarte a salir de tu oscuridad. Conocemos a Jesús. Sabemos que él escucha el sufrimiento y se acerca al ciego, a la hemorroísa, la mujer encorvada, a la suegra de Pedro...Y la historia de todos ellos puede ser nuestra historia.
Recuerdo ahora la historia del hijo pródigo. Cuando vuelve hacia la casa del Padre éste, viéndole venir, no espera a que llegue sino que corre a su encuentro. Dios recorre el camino que nos falta para llegar a él. Porque a veces no llegamos, algo nos impide llegar hasta su casa. Buscamos su abrazo, lo necesitamos, pero a veces nos hemos ido tantas veces de su casa que también nosotros somos escépticos en conseguir su abrazo.
Sin embargo, para salir de nuestros sepulcros Jesús nos da la mano, nos limpia los ojos, nos levanta de la camilla, nos devuelve la luz y la vida y nos lleva al amor del Padre.
Jesús, devuélvenos la vida...
Y su voz resuena una y otra vez: Sal fuera! Sal fuera!
domingo, 2 de marzo de 2014
¿Estás o no con nosotros?
Esta tarde competíamos con el frío y con la nueva religión del fútbol. Pero quien nos convoca a nosotros tiene más fuerza. La prueba es que alguien ha contado 19 personas. Esperábamos a un grupo de postconfirmación de 16 jóvenes pero al final no ha llegado. Pero hemos tenido caras nuevas. El Señor sigue llamando a otros cristianos a compartir esa pequeña oración cada mes. Y eso ya es una bendición.
Empezamos escuchando las campanas de Taizé que nos llaman a la oración. Como en aquella colina, cada uno hemos venido desde nuestras realidades distintas, dejando tareas diversas, para sentarnos un rato juntos y encontrarnos con el Dios de Jesús.
Hoy, un poco prematuramente y con olor a carnaval, nos situamos al inicio de la cuaresma en el desierto. Supongo que muchos de los que hemos estado allí esta tarde llevamos unas cuantas cuaresmas encima y es difícil la novedad.
Nos situamos en el libro del Exodo, que narra la historia de un pueblo que sale de la esclavitud y camina hacia la tierra prometida por su Dios. Y entre medio el desierto.
Dolores Aleixandre nos ayuda a mirarnos para dentro con un texto precioso de su libro Esta historia es mi historia.
Y es en realidad nuestra historia porque somos nosotros los que también cruzamos desiertos en nuestro camino. Es cada uno de nosotros el que es tocado por la muerte de seres queridos, o por el dolor físico diario, o por el paro laboral, o por la soledad, o por la decepción de los amigos, o por el miedo al futuro. Y es en esos momentos cuando te preguntas: ¿ Dónde estás Dios mío?
En el desierto es difícil a veces encontrar a Dios en nuestra historia, porque cuando el sol aprieta...
No hablo de acordarse de él para pedir, que eso suele ser lo habitual. Sino de sentir que el Padre está conmigo, aun en silencio.
Y sin embargo oímos hoy una voz que nos susurra: yo estoy contigo, eres precioso a mis ojos; tu nombre está grabado en la palma de mi mano...Y a Jesús susurrando en el otro oído: yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo; el que viene a mí no tendrá nunca hambre; no temais; yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos,...
¿Dejaremos que el agua de Jesús nos apague la sed?
Empezamos escuchando las campanas de Taizé que nos llaman a la oración. Como en aquella colina, cada uno hemos venido desde nuestras realidades distintas, dejando tareas diversas, para sentarnos un rato juntos y encontrarnos con el Dios de Jesús.
Hoy, un poco prematuramente y con olor a carnaval, nos situamos al inicio de la cuaresma en el desierto. Supongo que muchos de los que hemos estado allí esta tarde llevamos unas cuantas cuaresmas encima y es difícil la novedad.
Nos situamos en el libro del Exodo, que narra la historia de un pueblo que sale de la esclavitud y camina hacia la tierra prometida por su Dios. Y entre medio el desierto.
Dolores Aleixandre nos ayuda a mirarnos para dentro con un texto precioso de su libro Esta historia es mi historia.
Y es en realidad nuestra historia porque somos nosotros los que también cruzamos desiertos en nuestro camino. Es cada uno de nosotros el que es tocado por la muerte de seres queridos, o por el dolor físico diario, o por el paro laboral, o por la soledad, o por la decepción de los amigos, o por el miedo al futuro. Y es en esos momentos cuando te preguntas: ¿ Dónde estás Dios mío?
En el desierto es difícil a veces encontrar a Dios en nuestra historia, porque cuando el sol aprieta...
No hablo de acordarse de él para pedir, que eso suele ser lo habitual. Sino de sentir que el Padre está conmigo, aun en silencio.
Y sin embargo oímos hoy una voz que nos susurra: yo estoy contigo, eres precioso a mis ojos; tu nombre está grabado en la palma de mi mano...Y a Jesús susurrando en el otro oído: yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo; el que viene a mí no tendrá nunca hambre; no temais; yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos,...
¿Dejaremos que el agua de Jesús nos apague la sed?
lunes, 3 de febrero de 2014
El labrador paciente
Empezamos año y terminamos mes. Pasa deprisa el tiempo porque casi acabamos de guardar el belén. Aunque supongo que no para todos el tiempo pasa igual. Para el que sufre las cosas no van tan rápido.
El viernes cuando llegué había silencio y el sonido de los cantos llenaba la capilla. Me acordaba de las oraciones de Taizé y la música que en aquella colina francesa me acercaba al amor de Dios. Desenfundé mi guitarra tratando de no hacer ruido y me dispuse a ofrecer mis manos para ayudar a la oración.
Nos la preparó Amaia y estaba centrada en el Reino, con un evangelio que incluía dos parábolas. Una de ellas consiguió restañar esa tarde algunas de mis heridas. La que podríamos llamar: "El labrador paciente".
El labrador "siembra" la semilla y , al final, "mete la hoz" cuando llega el momento dela siega. Pero sabe que hay un periodo de tiempo en el que a él no le toca hacer nada,
sino que es la tierra la que "ella sola" hace que la
semilla germine y crezca y dé fruto. Y
todo eso sucede "sin que él sepa cómo",
mientras él "duerme y se
levanta" tranquilamente, sin empeñarse en dirigir unos ritmos que
escapan a su control.
Retomo el tema enseguida pero dejadme que antes os cuente que al día siguiente estuve en un encuentro ecuménico entre las iglesias católica de Covadonga y evangélica de Santutxu. Va para el cuarto año ya celebrando encuentros fraternales que unen en Jesús a estas dos comunidades. Es un camino ya que se va consolidando y que es ya irreversible. Tuve el honor de participar en la preparación de las reuniones en sus comienzos como "asesor ecuménico" (según me llamaban de forma graciosa) y hoy cada vez que participo en los encuentros me siento feliz de que esa experiencia ecuménica sea hoy realidad en Bilbao.
Pero sobre todo he trabajado en el grupo de Taizé por el ecumenismo, he tratado de animar en su camino y he soñado muchas noches con que se viviese entre nosotros. Hoy en este grupo el espíritu ecuménico es una realidad, pero el camino a recorrer es siempre largo. Necesitamos convencer a más comunidades de que no es una utopía, sino que ya es posible cada mes que cristianos de distintas confesiones nos sentemos a rezar juntos al Padre porque es Jesús el que nos une. A veces este deseo de avanzar con mayor rapidez no se corresponde con la realidad, cuyo ritmo más lento nos frustra.
Quisieramos hacer realidad tantas cosas....!
Quisieramos conseguir que nuestros hijos nos hicieran más caso y que siguieran nuestros consejos. Quisiéramos que el esfuerzo en nuestra ayuda a los otros fuese efectivo. Que nuestras comunidades funcionasen sin interrupciones y sin desacuerdos. Que la Iglesia jerárquica cambiase y que la unidad en la diversidad fuese lo cotidiano. Que los proyectos por los que tanto hemos trabajado no fracasen por los imponderables...
Y todo esto nos preocupa y nos roba el sueño por la noche.
Sin embargo, hoy la palabra que escuchamos nos libera de la tentación de controlar. El labrador siembra con sudor la semilla, pero sabe que después no está en su mano el que germine.
Los cristianos seguimos teniendo como asignatura pendiente el saber cuándo toca trabajar por el Reino y cuándo toca sólo esperar; cuándo se requiere intervenir, y cuándo lo único que podemos hacer es irnos a dormir; cuándo toca analizar las causas y cuándo admitir que somos incapaces o reconocer que no lo sabemos todo y que hay muchos porqués y cómos que se nos escapan.
Aprobar esa asignatura es conseguir el que, después de hacer buenamente lo que esté en nuestras manos, descansemos sabiendo que el proceso que Dios mismo ha puesto en marcha, hará que la semilla continúe creciendo mientras dormimos.
Así queremos ser, labradores pacientes que se acuestan por las noches con el corazón agradecido y tranquilo, confiados en que han sembrado su semilla en buena tierra y que otras manos la harán brotar mientras ellos descansan: las manos de Aita Dios que sostienen nuestras vidas.
El viernes cuando llegué había silencio y el sonido de los cantos llenaba la capilla. Me acordaba de las oraciones de Taizé y la música que en aquella colina francesa me acercaba al amor de Dios. Desenfundé mi guitarra tratando de no hacer ruido y me dispuse a ofrecer mis manos para ayudar a la oración.
Nos la preparó Amaia y estaba centrada en el Reino, con un evangelio que incluía dos parábolas. Una de ellas consiguió restañar esa tarde algunas de mis heridas. La que podríamos llamar: "El labrador paciente".
El labrador "siembra" la semilla y , al final, "mete la hoz" cuando llega el momento de
Retomo el tema enseguida pero dejadme que antes os cuente que al día siguiente estuve en un encuentro ecuménico entre las iglesias católica de Covadonga y evangélica de Santutxu. Va para el cuarto año ya celebrando encuentros fraternales que unen en Jesús a estas dos comunidades. Es un camino ya que se va consolidando y que es ya irreversible. Tuve el honor de participar en la preparación de las reuniones en sus comienzos como "asesor ecuménico" (según me llamaban de forma graciosa) y hoy cada vez que participo en los encuentros me siento feliz de que esa experiencia ecuménica sea hoy realidad en Bilbao.
Pero sobre todo he trabajado en el grupo de Taizé por el ecumenismo, he tratado de animar en su camino y he soñado muchas noches con que se viviese entre nosotros. Hoy en este grupo el espíritu ecuménico es una realidad, pero el camino a recorrer es siempre largo. Necesitamos convencer a más comunidades de que no es una utopía, sino que ya es posible cada mes que cristianos de distintas confesiones nos sentemos a rezar juntos al Padre porque es Jesús el que nos une. A veces este deseo de avanzar con mayor rapidez no se corresponde con la realidad, cuyo ritmo más lento nos frustra.
Quisieramos hacer realidad tantas cosas....!
Quisieramos conseguir que nuestros hijos nos hicieran más caso y que siguieran nuestros consejos. Quisiéramos que el esfuerzo en nuestra ayuda a los otros fuese efectivo. Que nuestras comunidades funcionasen sin interrupciones y sin desacuerdos. Que la Iglesia jerárquica cambiase y que la unidad en la diversidad fuese lo cotidiano. Que los proyectos por los que tanto hemos trabajado no fracasen por los imponderables...
Y todo esto nos preocupa y nos roba el sueño por la noche.
Sin embargo, hoy la palabra que escuchamos nos libera de la tentación de controlar. El labrador siembra con sudor la semilla, pero sabe que después no está en su mano el que germine.
Los cristianos seguimos teniendo como asignatura pendiente el saber cuándo toca trabajar por el Reino y cuándo toca sólo esperar; cuándo se requiere intervenir, y cuándo lo único que podemos hacer es irnos a dormir; cuándo toca analizar las causas y cuándo admitir que somos incapaces o reconocer que no lo sabemos todo y que hay muchos porqués y cómos que se nos escapan.
Aprobar esa asignatura es conseguir el que, después de hacer buenamente lo que esté en nuestras manos, descansemos sabiendo que el proceso que Dios mismo ha puesto en marcha, hará que la semilla continúe creciendo mientras dormimos.
Así queremos ser, labradores pacientes que se acuestan por las noches con el corazón agradecido y tranquilo, confiados en que han sembrado su semilla en buena tierra y que otras manos la harán brotar mientras ellos descansan: las manos de Aita Dios que sostienen nuestras vidas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



